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El conflicto de querer cambiar y no querer perder.

Fue Oscar quien decidió comenzar el encuentro, se desparramó en la silla para comunicarle al grupo que una vez más se encontraba desesperado: “¡A veces pienso que lo mejor sería que mi madre se muriera!”.


Oscar era el mayor de tres hermanos y su mamá, una mujer de 78 años, desde joven sufría de asma. A pesar de que los médicos habían logrado estabilizar su enfermedad, demandaba mucha compañía. Si bien él no era su único hijo, sí parecía ser el único que de inmediato respondía para aliviar sus ansiedades. Había días en que prácticamente no lo dejaba moverse de su lado, pero por más abusiva que esta situación pareciera, Oscar no hacía nada para frenarla.


El grupo se sentía impotente. Cada vez que este tema salía a la luz, daba la impresión de que Oscar se las arreglaba muy bien para justificar su incapacidad para ponerle un límite a lo que estaba ocurriendo. Su narrativa personal se había convertido en un escudo de quejas que no le permitían salir de lo que parecía un círculo de negatividad.


Oscar llegó al grupo porque decía sentir mucho coraje. Desde que sus padres se separaron, él tomó la responsabilidad de cuidar a su madre, mientras tanto, sus hermanos disfrutaban de la comodidad de ver que Oscar no paraba en remediar sus necesidades. Hoy, a sus 55 años vivía sometido a los requerimientos de su madre, una mujer que si bien estaba enferma, parecía empoderarse a partir de la obediencia que su hijo le procuraba, pero una condición así, sólo puede terminar por intoxicar el vínculo. Pero, ¿cuál sería el sentido profundo que lo llevaba a querer complacerla a pesar de él?, ¿por qué sería que insistía en justificar su incapacidad para terminar con esta dinámica que se había vuelto insoportable para Oscar? A medida que tanto él como todos los participantes reconocieran que cambiando era la única forma en la que conseguirían liberarse de sus propias conflictivas, dejarían de ver el cambio como un peligro.


 

Complementa la lectura con la reflexión final de la Dra. Ruiz de Otero, en audio o video.

 

Sin embargo, este logro puede no bastar. Por ello, es importante considerar como obstáculo frente al cambio las gratificaciones que nos ha traído nuestra disfuncionalidad, por ejemplo: disminuir el sentimiento de culpa, evadir nuestras responsabilidades, llenar el vacío a costa de lo que sea, provocar lástima o compasión evitando con esto el juicio de los demás, controlar a todo y a todos, entre muchos otros beneficios que no queremos perder. En otras palabras, nos resistimos a cambiar porque el cambio y la pérdida se encuentran íntimamente relacionados.


Para Oscar, dejar de sufrir al complacer a su madre en lo que fuera, sería igual a renunciar a ser el salvador de la familia. Oscar a nivel consciente realmente deseaba terminar con el sometimiento, pero en el fondo, para él acabar con el sufrimiento, implicaba, paradójicamente una pérdida para su autoconcepto: dejar de ser el favorito. ¿Pero cuándo fue que esta historia comenzó? Por lo general estas narrativas se construyen a partir de una gratificación que al principio nos gustó, pero que con el tiempo es difícil apartarse de ella, aunque se trate de veneno.


Esto llevó al grupo a un cuestionamiento aún más profundo para quienes lo escuchaban elaborar su problemática. ¿Cuál es el precio que en la vida estamos dispuestos a pagar con tal de sentirnos aceptados? ¿Es posible que elijamos perdernos a nosotros mismos por no querer soltar nuestros deseos conflictivos?


En el grupo su conducta se reflejaba de forma paralela: Oscar buscaba de todas formas quedar bien con los participantes, pero sobre todo conmigo. Siempre me llamó la atención que sus intervenciones generalmente iban dirigidas exclusivamente hacia mí, es decir, si alguien le preguntaba algo o le hacía algún tipo de señalamiento, en lugar de responderle directamente a su interlocutor, lo hacía buscando mantener contacto visual conmigo.


Cuando le hice notar su conducta, pudo responder con toda claridad que para él era muy importante saber que contaba con mi aprobación. Así, por sentirse aceptado por mí, perdía la oportunidad de vincularse genuinamente con el grupo.


De este modo fue que Oscar pudo detenerse para hilvanar lo siguiente: “Ahora descubro lo fundamental que es para mí sentirme aceptado por todos, pero sobre todo por mi madre. ¡Es increíble lo que estoy dispuesto a hacer con tal de lograrlo! De qué me sirve que me diga: ¿qué haría yo sin ti?… cuando vivo tan frustrado y enojado con mis hermanos, con ella y por supuesto conmigo… ahora veo que me quejo, como si eso significara vivir intensamente, pero dejarlo de hacer sería cambiar, y por lo tanto, perder algo que me ha gratificado siempre: ser tan especial para mi madre”.


La fantasía de Oscar al imaginar a su madre muerta era comprensible, sin embargo, no puedo decir que de cumplirse resolvería algo. Es decir, su necesidad de aprobación significaba la herencia de ese vínculo e iba más allá de la vida de su madre. Pero darse la oportunidad de siquiera contemplar un cambio implicaba un gran conflicto: “¡Siento una opresión en el pecho sólo de imaginarme qué pasará el día que me atreva a expresar mis necesidades!…”.


A menudo, cambiar es algo que nos atormenta porque descubrimos que nuestras actitudes conllevan una ganancia a pesar del sufrimiento que nos han provocado. Estos “beneficios” se convierten en un paliativo para nuestra Huella de Abandono, pero además, generan una enorme ambivalencia: la contradicción interna de querer cambiar, frente a la dificultad de renunciar a lo que se ha logrado a consecuencia de nuestro comportamiento disfuncional.

Madres como la de Oscar, son como son, porque hay hijos dispuestos a promover esta dinámica y viceversa. Dicho de otra manera, ninguna disfuncionalidad existe en el vacío.

La experiencia de Oscar fue la oportunidad que los demás necesitaban para liberar las siguientes epifanías:

“Me doy cuenta de cómo el aceptar que mi esposo se relacione con otras mujeres, aunque me destroce el corazón, es el precio que he decidido pagar con tal de no sentirme sola. Cambiar implicaría perder la incongruente seguridad que me ha dado este matrimonio”.
“Ahora que escucho al grupo, para mí asesorar a mis hijos es fundamental, no los veo preparados para que tomen sus propias decisiones. Sin embargo, me doy cuenta de que eso les ha provocado una enorme inseguridad, pero cambiar, implicaría perder mi control sobre ellos”.
“Puedo ver que al estar diagnosticada con depresión hace que mi familia me dé un trato especial, ¡suena horrible, pero cambiar sería una pérdida! Es increíble lo que estoy dispuesta a vivir a cambio de estos beneficios absurdos…”.


El espejo de la técnica grupal

Una de las tareas del grupo y del conductor consiste en ayudar a los participantes a observar su conducta para que puedan modificarla de forma eficaz. Resulta revelador descubrir cuáles son aquellas ganancias que han recibido de su disfuncionalidad, de tal manera, que puedan contrastarlas con el sufrimiento al que se han sometido para lograrlo. Trabajar en ello representa una ruta de salida que les permitirá, por identificación con los demás, perder el miedo a cambiar.


Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tal vez estos espejos protagonizados por Oscar te permitan conocer las razones profundas por las cuales te resistes a cambiar, pero además, reflexionar sobre el precio que en la vida has estado dispuesto a pagar con tal de sentirte amado. En Semiología de la Vida Cotidiana aprendemos que estas actitudes disfuncionales que tanto nos perturban, están sustentadas por nuestro sistema de pensamientos, creencias y valores, los cuales necesitamos modificar si queremos terminar con estos vicios que retrasan nuestro crecimiento.




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¿Cómo la resistencia al cambio y un autoconcepto devaluado podrían estar relacionados? ¿Consideras que ser conscientes de las ganancias que conlleva el sufrimiento es razón suficiente para alcanzar el cambio tan anhelado? ¿Crees que existan personas que conscientemente decidan mantener su sufrimiento con tal de seguir recibiendo algo de los demás?


Referencias Bibliográficas

  1. Ruiz, A. (2017). Curso II, Huella de Abandono. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-ii-huella-de-abandono/

  2. Cyrulnik, B. (2008). Bajo el signo del Vínculo. Gedisa: Barcelona.

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

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