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¿Puede la confrontación armonizar nuestros vínculos?

Amanda prefirió esperar unos segundos antes de ser la primera en romper el silencio: “Ya me cansé, no puedo seguir viviendo con un hombre así de egoísta. ¿Por qué será tan difícil para él tomarme en cuenta? Apenas ayer supe que pasaremos las fiestas de fin de año en un viaje con su familia; ya compró boletos, armó el itinerario y a mí ni me preguntó si estaba de acuerdo. ¡El coraje que siento me está matando!”.


Lo que Amanda compartió para el grupo fue un episodio bastante frecuente en su vida. La problemática explícita que la había traído a este espacio giraba en torno a su matrimonio y a la dificultad que encontraba para expresar su disconformidad ante diversas situaciones: “Me es imposible confrontarlo, es más, odio las confrontaciones, prefiero quedarme callada antes que verme envuelta en una discusión con él o con quien sea”.


Su actitud dejaba ver lo que imperaba dentro de su sistema de valores: «las palabras son de plata, pero el silencio es de oro». Era evidente que para ella “romper el silencio” era literalmente igual a romper la zona en la que se mantenía a salvo. El que hoy decidiera abrir la sesión fue sorpresivo, pero a la vez, anunciaba dejar el letargo para moverse a la acción.


Para el grupo era claro que Amanda necesitaba ponerle un límite a esta situación, sin embargo, para ella, siempre había sido más fácil evitar los enfrentamientos, sin importar el precio que pagaba a consecuencia de ello. Amanda tenía la sensación de que cada vez que estaba dispuesta a mostrar su coraje o frustración, él no bajaba la guardia. Por el contrario, era un experto en el arte de la argumentación, así que, para evitar sentirse expuesta ante una nueva derrota, había optado por disuadir a toda costa cualquier discusión.


 

Complementa la lectura con la reflexión final de la Dra. Ruiz de Otero, en audio o video.

 

Las confrontaciones que entrañan altercados verbales en la pareja, no solamente son naturales, sino que además, resultan absolutamente necesarias para consolidar el vínculo. Aquellas parejas que no están dispuestas a dirimir sus desacuerdos, en realidad, no se encuentran vinculadas íntimamente, por lo tanto, con el paso del tiempo están destinadas al fracaso, la infidelidad y a una inminente separación.


Amanda pudo darse cuenta que el silencio se había convertido en una trinchera muy cómoda para ella, pero también, comenzaba, a marcar su destino: “Cada vez que se aproxima una discusión me genera mucha angustia, temo que las palabras entre nosotros salgan de control y entonces terminemos por lastimarnos de forma irremediable”.


Muchas parejas suelen vivir una enorme decepción cuando aparece algún grado de tensión entre ellos. Es decir, son incapaces de tolerar la frustración dentro de la relación porque inmediatamente tienden a pensar que algo no está bien entre ellos; cuando sucede exactamente lo contrario. La verdadera intimidad entraña el genuino interés que podemos tener por el otro, por lo tanto, implica preocuparnos por aquello que está sintiendo, pensando, actuando, y hasta por la forma en cómo se ve. Esto sin duda desemboca en inevitables encuentros y desencuentros, ya que cada uno ha aprendido a ver la vida de forma diferente, así que resulta lógico y además natural que cuando ambas visiones se contraponen surjan sentimientos tales como el enojo. No expresarlo supone un gran riesgo: la acumulación de «facturas pendientes».


“Me doy cuenta de que el enojo que hoy siento no es únicamente por lo que está ocurriendo con este viaje, en realidad, he almacenado mucho resentimiento a lo largo del tiempo. Tienen razón cuando me dicen que con mi actitud, aparentemente complaciente, he construido un juego peligroso entre él y yo: primero no digo nada y me convierto en la víctima y él en el persecutor, después, si reclamo, los papeles se invierten, así que él acaba como la víctima y yo como su verdugo. Ahora comprendo la enorme dificultad que he tenido para disfrutar mis relaciones sexuales con él; les confieso que he llegado a pensar que sentir placer no es lo mío”.


Amanda prefería, inconscientemente, retener sus orgasmos antes que compartir un momento íntimo con él, esa era la manera en la que había aprendido a decirle que ella tampoco lo tomaba en cuenta. De hecho, muchas parejas trasladan sus inconformidades y luchas de poder a su vida sexual, aquello que no se pueden decir en la cocina, sin darse cuenta, se lo demuestran en la cama.


El problema no es pelear, sino cómo lo hacemos. Por lo tanto, es fundamental establecer reglas que permitan que el encuentro resulte benéfico. Aspectos como los siguientes suelen ser de utilidad para muchas parejas:

  1. Fijar una cita para tratar el asunto en discordia: de esta manera la pareja puede reflexionar sobre los argumentos que verdaderamente necesita exponer, sin tener después la sensación de haber dejado cosas en el tintero: “¿cómo no le dije esto?”, “¡pude haber sido más clara!”, “¡era el momento para decirle lo que verdaderamente me lastima!”. Cuando le anunciamos a nuestra pareja el tema a tratar en la cita, no habrá sorpresas, y ambos se habrán dado el tiempo de pensar en la problemática y sus posibles aristas. Implica darle lugar a algo que, hasta entonces, no había formado parte de la realidad. Esto, de alguna manera, permite que las respuestas no sean reactivas ni defensivas, cosa que resulta muy frecuente cuando a uno lo toman desprevenido.

  2. Es importante que la pareja decida, deliberadamente, evitar los golpes bajos, sobretodo, las interpretaciones con respecto a su actitud. Una interpretación fuera del contexto adecuado, como puede ser un espacio de consultoría, suele resultar muy agresivo. Por ejemplo, si en medio de una discusión acalorada uno le señala al otro que no aprendió a tomar en cuenta a los demás, tal cual su padre lo ignoró, lejos de ser recibido como algo constructivo puede resultar catastrófico y, además, cambiar todo el sentido de la confrontación.

  3. Es necesario que dejemos de insistir en la romántica idea de que las personas tienen que amarnos tal y como somos. En el fondo lo que nos reclamamos los unos a los otros es una mente abierta y un corazón dispuesto para cambiar: aprender a ser flexibles. Sin darnos cuenta, hemos construido actitudes de una enorme rigidez, pero cuando descubrimos que lo que verdaderamente nos nutre de una relación es dar, incluso mucho más que recibir, cambiar se convierte en un acto sumamente placentero.

Buscar tener una relación perfecta puede resultar frustrante, sobre todo cuando partimos de la base de que no existen los individuos perfectos. Por lo tanto, es importante aceptar que dentro de cualquier vínculo es natural que exista un cierto grado de tensión con la cual se puede vivir cómodamente, de otra manera, la decepción terminará por apartarnos.


Habiendo reflexionado sobre todo ello, Amanda se dirigió al grupo para esclarecer su mente: “Hoy veo como en mi silencio hay algo de agresivo, así que de alguna forma yo también estoy generando que se construya esta dinámica entre nosotros. Yo siento que él me agrede de una manera, pero la realidad es que yo también lo agredo al evitar decirle lo que siento o lo que pienso, porque en el fondo él siente que lo ignoro”.


Confrontación no quiere decir violencia, porque en todo caso, no hay excusa para ello, y cuando una persona siente que ha tenido que recurrir a la fuerza, porque las palabras le son insuficientes, entonces nos encontramos frente a la ruptura total de la verdadera intimidad.

La experiencia de Amanda permitió que el grupo reflexionara sobre sus propias circunstancias:

“Desde que nació nuestro primer bebé, mi esposa dejó de trabajar y yo asumí el rol de proveedor. Hoy la mayoría de nuestros problemas giran alrededor de nuestra economía. Me molesta muchísimo que me pida dinero todo el tiempo, cada vez que eso ocurre me irrito y ella termina muy enojada. Sin embargo, ahora me doy cuenta de las consecuencias que ha traído en nuestra dinámica el que yo le oculte información en torno a nuestras finanzas; en realidad no he sido transparente. Para ella el dinero significa gastarlo y para mí el dinero significa seguridad, por eso me he reservado muchas cosas, como por ejemplo, que recientemente adquirí un seguro médico de mayor cobertura que descompensó mi flujo económico. Esconderle esta información, por evitar inquietarla, ha creado una bola de nieve. Hoy veo cómo en la pareja, las preocupaciones también se comparten”.
“Mi rigidez se está convirtiendo en algo que cada día nos separa más. Hace días que le comenté a mi esposo que iría al ginecólogo porque la menopausia no me deja tranquila. Finalmente, el doctor me recetó hormonas, sobre todo, para ayudarme con el insomnio y los bochornos. Por supuesto llegué y se lo comenté. Su respuesta me decepcionó, me pareció pobre y sin sentido, lo único que dijo fue ‘qué bueno que ya lo resolviste’. Hoy me doy cuenta que lo que sucedió, no fue un diálogo, sino un monólogo de mi parte. Eso hago siempre, monopolizo las conversaciones para evitar que las cosas salgan de control, siempre existe en mí una predisposición a que lo que va a decir es una tontería, entonces prefiero no darle espacio. Me queda claro que si sigo haciendo lo mismo voy a seguir obteniendo las mismas respuestas; si pretendo que él intervenga de una manera diferente, tengo que empezar por modificar cómo le digo las cosas, pero para ello necesito ser flexible”.
“Es increíble cómo a pesar de mí he accedido a muchas cosas que me pide mi mujer, y todo por sexo. Creo que sabe perfecto el momento en el que busco tener relaciones con ella, y es justo cuando aprovecha para hacerme sus exageradas peticiones. Hoy veo cómo eso es un golpe bajo. Sin embargo, victimizarme sería inútil, yo he dado pie a ese juego. Es necesario que aprenda a construir un diálogo con mi mujer, independientemente de la cama, de otra manera seguiré callando el coraje que me provoca ceder en las cosas que me pide”.


El espejo de la técnica grupal

Vivir en pareja, así como ser parte de un grupo, implica metafóricamente, participar de un concierto. Esta palabra proviene del verbo “concertar”, lo que significa ‘conciliar entre sí voces o instrumentos’. Es decir, entraña una confrontación para crear algo juntos, en donde un instrumento se enfrenta al otro hasta que logran una sinfonía armónica. Incluso existen tres tipos de conciertos diferentes: da chiesa, en donde el instrumento acompaña a la voz; grosso, en el que dos instrumentos se enfrentan musicalmente; y el solista, en el que uno solo enfrenta a toda la orquesta. Por lo tanto, dependerá del contexto y de las circunstancias el tipo de concierto que se ponga en acción, pero en cualquiera de ellos, la confrontación es indispensable para lograr el encuentro.


Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tal vez la experiencia de Amanda te permita responsabilizarte del tipo de vínculos que has construido. Comprender que todos somos copartícipes de la dinámica en la que nos vemos inmersos, resulta fundamental, si buscamos generar un cambio en nuestras relaciones. ¿Hasta cuándo piensas seguir victimizándote, con tal de no enfrentarte a tus propias dificultades emocionales? Para cambiar no se necesita voluntad, sino aprender a confiar en ti y en los recursos internos que tienes para lograrlo.




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¿Cómo dar lugar a confrontaciones constructivas más que destructivas? ¿Cómo comunicar de forma asertiva nuestras necesidades, sin caer en actuaciones? ¿Qué tipos de miedos nos impiden comunicar con claridad lo que esperamos de las circunstancias?


Referencias Bibliográficas

  1. Ruiz, A. (2017). Curso II, Huella de Abandono. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-ii-huella-de-abandono/

  2. Ruiz, A. (2017). Curso V. Vocaciones de Vida: Soltería, Pareja y Familia. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-v-vocaciones-de-vida/

  3. Bach, G. and Wyden, P. (1969). The Intimate Enemy. New York: William Morrow and Co.

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

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