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La culpa: una emoción persecutoria.

Conforme la sesión avanzaba, Martha buscó el momento adecuado para hablar del sentimiento de culpa que la había acompañado durante años: “Ver a mi hermana tan deprimida me hace pensar que toda la envidia y todo lo malo que le deseé cuando éramos niñas, se convirtió en realidad… así que no puedo evitar sentirme terriblemente culpable”.


Martha tenía 24 años, era la segunda hija de tres hermanos. Su hermana Carolina, dos años mayor que ella, se distinguió por ser ejemplo de excelencia y perfección. Ver que sus padres siempre la señalaron como una pauta a seguir, hacía que Martha le tuviera un profundo coraje. La experiencia de su infancia se resumía en la sensación de haber crecido a la sombra de su hermana, sus logros, por importantes que fueran, nunca se compararon con los de Carolina. La envidia que Martha sentía por ella, hizo que por momentos fantaseara con su muerte, pero se quedaba en eso, en una simple y llana fantasía producto de la rivalidad natural que existe entre hermanos.


Hace seis años Carolina sufrió un accidente automovilístico; quedó postrada en una cama durante varios meses, y aunque su recuperación física ha progresado, emocionalmente no ha sido igual. “Desde de ese día Carolina no volvió a ser la misma. Era como si de pronto aquello que en algún momento imaginé se hubiera convertido en realidad, ver cómo se ha roto por dentro a partir de ese accidente, hace que la culpa me persiga todos los días”.


 

Complementa la lectura con la reflexión final de la Dra. Ruiz de Otero, en audio o video.

 

Desde la perspectiva psicológica, el sentimiento de culpa tiene sus orígenes en condicionamientos de la infancia, en donde nos hicieron sentir que todo lo que sucedía a nuestro alrededor tenía que ver con nosotros. Sumado al convencimiento profundo de que el mundo existía para complacer nuestras necesidades: teníamos hambre y comíamos, teníamos sueño y dormíamos, teníamos frío y pronto se nos quitaba, pero con el tiempo, esa idea casi delirante cambió; al descubrir que no éramos todo poderosos, sino que había alguien, nuestra madre, de quien dependíamos para mantenernos vivos. Sin embargo, existe una parte de nosotros que no termina de superar esa herida en nuestro autoconcepto, por lo que nos aferramos a seguir creyendo que las cosas ocurren porque nosotros las provocamos.


Esto aunado a las mil cantaletas que nos repitieron durante años: “¡mira lo que has hecho!, ¡por tu culpa estamos así!, ¡eres un niño muy malo, pobre de tu hermana!”; van dando lugar a un Imaginario muy vulnerable que, entre otras cosas, nos inculpa de todo lo que ocurre. Por eso, en momentos en los que nuestros padres peleaban, o a nuestros hermanos les pasaba algo, había una tendencia, casi automática, de asumirnos como culpables de las circunstancias.


Más tarde, cuando en nuestra vida adulta ocurren ciertas cosas, tanto buenas como malas, sin darnos cuenta, conectamos con ese estado de la niñez en el que suponemos que somos nosotros los que de alguna manera, hemos promovido que ocurran dichas cosas, cuando en realidad ocurren por razones más profundas que el haber tenido un simple pensamiento, el haber expresado algún sentimiento o, incluso, el haber incurrido en una acción determinada. Esto quiere decir que, sin darnos cuenta, en ocasiones, preferimos creer que hemos tenido el poder para influir nociva o positivamente en la vida de alguien, antes de pensar que nuestras palabras o actos han sido intrascendentes. Hay quienes se vuelven unos expertos en sentir culpa por casi todo, incluso cuando es evidente que no tienen nada que ver, pero cuando uno ha aprendido a crecer así, siempre buscará razones para sentirse culpable por lo que sea, incluso como una forma de afirmar su existencia. Preferimos sentirnos culpables a sentirnos insignificantes.


El grupo permitió que Martha pudiera ajustar su visión a una percepción más real, haciéndole ver que sus sentimientos o pensamientos relacionados a su hermana nunca pudieron ser lo suficientemente poderosos para provocarle tanto sufrimiento. “Con todo lo que me dicen me doy cuenta que la culpa ha sido el medio para validar mi existencia, haciéndome sentir importante. ¿Quién me creo que soy para poder dañar a alguien de esa manera? Veo cómo me he desgastado, incluso paralizado frente a esta situación… ¡Hoy tengo muchas ganas de acercarme a mi hermana para ayudarla, pero desde mi amor por ella y no desde la culpa!”.


La experiencia de Martha fue realmente liberadora para el grupo, porque les permitió dejar de cargar para empezar a sanar:

“Con todo lo que escucho, por fin puedo atreverme a decir algo que sé que es una locura, pero que de igual forma me atormenta; siempre he pensado que la homosexualidad de mi hijo se debió a algo que yo dije o hice y eso me genera mucha culpa. Pero hoy descubro que siempre busco ponerme al centro, como si todo tuviera que ver conmigo, cuando en realidad soy una simple espectadora”.
“Sentir culpa por haberle dicho a mi madre que no entendía cómo mi papá pudo haberla elegido como su esposa, me ha hecho sentir que fui yo quien le destrozó la vida. Hoy veo que su alcoholismo se debe a muchas otras cosas que nada tienen que ver conmigo, pero a veces quiero pensar que mis palabras son demasiado poderosas como para provocar una enfermedad… y la verdad es que no es así. Hoy me doy cuenta de que mi responsabilidad radica en haberla agredido, así que lo asumo, y buscaré la forma de repararlo. Pero sobre todo me doy cuenta que mi ofensa no la convirtió en alcohólica. Que su enfermedad tenía razones diferentes y mucho más profundas que mis hirientes palabras. ¡Qué liberación!”.
“Haber maltratado a mis hijos en el pasado me persigue todos los días. Hoy descubro que esa culpa me ha paralizado y por lo tanto, quiere decir que no he sabido convertirla en un sentimiento que me ayude a reparar con amor el daño que les pude haber hecho. Hoy comprendo que fui madre con mis propios recursos, criar a mis hijos sola no fue fácil, me sentía rebasada y muy enojada por el abandono de mi esposo. ¡Gracias! Es un regalo saber que puedo convertir lo que siento en responsabilidad, muy diferente de sentir que necesito castigarme por mis errores del pasado”.


El espejo de la técnica grupal

El que los participantes logren convertir sus culpas persecutorias en culpas reparadoras, o lo que es lo mismo, en vergüenza moral, resulta tremendamente liberador. En Semiología de la Vida Cotidiana comprendemos que todos somos cien por ciento responsables de cada una de nuestras acciones, pero no somos culpables de ninguna. Esto quiere decir que la culpa persecutoria es un sentimiento que se origina a partir del Imaginario, pudiendo llegar a ser altamente destructiva, generando que frente a los errores que cometemos nos sintamos paralizados, perseguidos y atrapados en nuestro mundo interno. Quedamos devastados por la autocrítica y los juicios excesivos en contra nuestra. El riesgo de ello, es que al no haber un proceso de comprensión hacia nuestras equivocaciones, dejamos de aprender de ellas y, por lo tanto, nos condenamos a repetirlas.


Vivir la culpa desde el Yo Observante, es muy diferente, ya que nos permite cobrar conciencia de nuestros actos, asumirlos y repararlos en la medida de lo posible. Es decir, nos permite salir de la fantasía para ajustarnos a la realidad, es una invitación a fortalecernos a través de la experiencia para intentar ser mejores personas.


Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Espero que la experiencia relatada por Martha, te lleve a reflexionar sobre aquellos sentimientos de culpa que han flagelado tu existencia. Las personas necesitamos abandonar el pensamiento absurdo de que todos los conflictos que ocurren a nuestro alrededor son de alguna manera resultado de nuestras iniciativas y participaciones. Aprender a tomar responsabilidad por nuestras acciones es muy diferente de pensar que hemos querido dañar intencionalmente a alguien con nuestras decisiones, actos o pensamientos. Aprender a comprendernos y a perdonarnos es fundamental, de otra manera, continuaremos sintiéndonos perseguidos por nuestros actos más íntimos de destrucción.




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¿Es la culpa un sentimiento solitario o va en función de lo que los otros piensan de mí?, ¿de qué dependerá que algunas personas no experimenten culpa?, ¿qué diferencia existe entre responsabilizarnos de nuestras acciones y sentirnos culpables por ellas?


Referencias Bibliográficas

  1. Ruiz, A. (2017). Curso II, Huella de Abandono. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-ii-huella-de-abandono/

  2. Winnicot, D. (1971). Playing and reality. Tavistock publications: London.

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

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