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La autoexigencia: una doble crisis.

Sin mayor preámbulo, Gloria se dirigió al grupo para compartirles que después de algunos meses, había vuelto a ver a su exesposo: “No puedo creer que después de tanto tiempo de habernos separado, se me removió de nuevo el pasado. ¡Me vi a mí misma como un cangrejo caminando hacia atrás! A estas alturas, yo ya no debería sentir esta tristeza”.


Gloria, una mujer de 38 años, es madre de dos niños. Tras el nacimiento de su segundo hijo, su esposo le pidió el divorcio al confesarle que se había enamorado de otra mujer. A pesar de las súplicas de Gloria y de lo mucho que intentó para que no la dejara, él decidió renunciar a ella. Tiempo después, le hizo saber que estaba esperando un bebé con su nueva pareja.


Toda esta situación provocó que Gloria desembocara en una de las mayores crisis de su vida, llevándola a buscar ayuda profesional; así fue como nos conocimos. Después de un tiempo de trabajar juntas el duelo por la pérdida de su matrimonio y todo lo que esto significaba para ella, le propuse participar en un grupo. Consideré que la experiencia grupal podría ayudarla a recuperar la seguridad en sí misma, al encontrar dentro de este espacio, aceptación, comprensión, intimidad y sinceridad, entre otros muchos elementos que le devolverían la sensación de sentirse perteneciente a algo. Con el tiempo, la tormentosa imagen que tenía de su futuro fue tomando una perspectiva diferente. “A veces me descubro tan atrapada pensando en qué será de mí, que dejo de acercarme a lo que realmente sí tengo en mi presente, pero cuando me centro en el aquí y en el ahora, confieso que puedo experimentar satisfacción”. Sus progresos eran evidentes, sin embargo, en ese momento, la autoexigencia pareció apoderarse de ella.


 

Complementa la lectura con la reflexión final de la Dra. Ruiz de Otero, en audio o video.

 

Días antes de nuestra sesión semanal, nació la hija de su exmarido, por lo que Gloria consideró oportuno llevar a sus hijos al hospital para conocer a su nueva hermanita. “Realmente me sentía tranquila, además pensé que llevar a mis niños era una manera de hacerles saber, que a pesar del divorcio, podía construir una buena relación con su padre. Nunca me imaginé que al verlo cargando a su hija, se me removerían tantas cosas del pasado”.


En esa sesión Gloria se mostró decepcionada de sí misma. Le enojaba pensar que todo lo que había alcanzado con su trabajo personal, de pronto se había desvanecido. No obstante, daba la impresión de que lo que verdaderamente la estaba atormentando ese día, era pensar que había fracasado frente a la expectativa de cerrar la herida definitivamente.


Lo que le ocurrió a Gloria es algo que nos puede pasar a todos en cualquier momento de la vida. Suele suceder que la mayoría de las personas construimos la noción de la paz interna como un estado permanente y progresivo, cuando en realidad se trata de un proceso oscilatorio. Esto quiere decir que los procesos son susceptibles de una evolución y, también, de una involución. Por lo tanto, habrá momentos en los que nos sentiremos muy bien, pero habrá otros momentos, en los que la dificultad surgirá nuevamente, haciéndonos sentir de vuelta muy inestables. Sin embargo, trabajar en robustecer nuestros recursos internos es fundamental, ya que será precisamente esto lo que finalmente nos permitirá reponernos de la adversidad y, además, salir fortalecidos de la experiencia. Comprender esto puede liberarnos; aceptar que somos seres en proceso -y que lo seremos toda la vida-, nos permitirá quitarnos de encima el gran peso de la autoexigencia.


Las personas tendemos a exigirnos estar bien todo el tiempo, y lo único que provocamos con ello es una doble crisis. Por un lado, lidiamos con la problemática que la vida nos presenta, pero por el otro lado, tendemos a complicarlo con nuestros juicios personales en los que nos acusamos, nos reprobamos y nos señalamos por lo que estamos pensando o sintiendo frente a nuestras circunstancias. Esta actitud lacerante nos conduce a experimentar una mayor tristeza, enojo, frustración e incluso, depresión frente a lo vivido, reduciendo enormemente la posibilidad de explorar y comprender el nuevo reto que la vida nos presenta.


La autoexigencia forma parte de un Imaginario Colectivo que nos enseñó que lo importante en la vida eran los resultados y no nuestros procesos. Esto quiere decir, que muchas veces solemos evaluarnos en función de los éxitos o fracasos que han habido en nuestra vida, pero pocas veces nos detenemos a mirar la perseverancia, la dedicación o el entusiasmo que hemos puesto en nuestras tareas. Cuando el resultado no es el esperado, tendemos inmediatamente a invalidar el proceso, diciéndonos cosas como: “no ha sido suficiente”; “a estas alturas yo ya no debería de equivocarme”; “de nada ha servido lo que he hecho”; en fin, una serie de juicios que lo único que provocan es agravar nuestra conflictiva.


El grupo trabajó para que Gloria lograra darse cuenta que estaba siendo víctima de esta doble crisis que generaban sus juicios: primero se enfrentaba a esta nueva idea de aceptar que su exmarido finalmente había rehecho su vida, pero además de esto, se laceraba a sí misma juzgando sus emociones en lugar de comprenderlas. “Hoy con lo que me dicen descubro lo dura que puedo ser conmigo misma. Haberme sentido así cuando lo vi en el hospital hizo que perdiera perspectiva. Hoy veo que esta tristeza es parte del proceso natural que estoy viviendo y que al juzgarme por ello, lo único que estoy haciendo es intensificar mi sufrimiento. En realidad, dentro de todo me he sentido tranquila, pero darme permiso de ajustarme a esta nueva realidad era necesario. Me siento confiada porque sé que a pesar de la tristeza que ahora siento, me repondré, sólo necesito tiempo para asimilarlo…”.


Que Gloria pudiera soltar el látigo con el que solía lastimarse, hizo que los demás participantes se dieran permiso de hacerlo también:

“A veces me descubro extrañando a mi hija. Desde que murió me he empeñado en superar el duelo, como si ese fuera el resultado que valiera. Cada vez que contacto con alguna emoción de tristeza me recrimino, incluso he llegado a despreciarme por sentir esto que según yo ya no debería de ocurrir. Ese “debería” es lo que en verdad me está matando. Hoy descubro que la pérdida, como la ganancia, son procesos; y que es lógico que haya fechas o momentos en los que añore su presencia. Sin embargo, tengo que aceptar que en la balanza, predominan más los momentos de serenidad… ¡es increíble cómo puedo exigirme tanto a mí misma!”.
“No tolero equivocarme, mis errores me persiguen todo el tiempo. Soy un experto en señalarme lo que dije, hice, o pensé mal. Me la vivo comparando lo que tengo con lo que no tengo y me descubro viviendo una especie de tristeza por aquello que no soy y que quisiera ser. Hoy con todo lo que escucho comprendo que el día que logre asumirme como soy; un cuadro blanco con maravillosos puntos negros, ¡voy a vivir la vida en plenitud!”.
“Perder mi empresa ha sido uno de los golpes más duros que la vida me ha dado. Desde entonces he insistido en que me deje de afectar definitivamente. Siempre estoy buscando cerrar ciclos de forma concluyente, generando la expectativa de que nunca más volverán a perturbarme. Sin embargo, he perdido de vista que los ciclos se conectan uno con otro, por lo tanto, es natural que por momentos, reviva lo que me ha ocurrido. ¡Lo que resiste, persiste!… Es hora de que me deje de resistir a mis emociones conflictivas, para que dejen de persistir en mi mundo interno”.


El espejo de la técnica grupal

En Semiología de la Vida Cotidiana hablamos de la importancia de buscar la plenitud, no la perfección. Suele suceder que los participantes de grupo, o cualquier persona que acude a un proceso de consultoría, se empeña en ser reconocido por los resultados que ha obtenido a partir de esta nueva práctica. Sin embargo, es importante recordar que los cambios que se producen dentro de este espacio son a nivel interno, no externo, por lo tanto, no es algo que se nota a primera vista. Reflexionar sobre esto es crucial, ya que le permitirá a la persona entregarse a la experiencia sin depender de ser elogiado por sus allegados para continuar su proceso. Descubrir el beneficio personal es promover la plenitud en nosotros, buscar ser reconocidos por los demás, incluso por nuestras voces internas, es insistir en ser perfectos.


Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Es posible que la experiencia de Gloria te permita reflexionar sobre los muchos procesos que no te has validado genuinamente. ¿Cuánto tienes que reconocerte, agradecerte y mirarte? Prolongar nuestros propios juicios únicamente conseguirá decepcionarnos. Cada persona debe ser capaz de encontrar una Pauta de Oro para conducirse en la vida, es decir, el ideal dentro de lo posible. Pero dentro de este marco de referencia, también se señalan nuestras limitantes. Aceptar que hay cosas que no somos, no sabemos, no tenemos y, por lo tanto, no podemos; nos permitirá disfrutar de lo que sí somos, sí sabemos, sí tenemos y, en consecuencia, sí podemos. Comprender que no existe nada más perfecto que los ritmos oscilantes de nuestra conciencia, es lo que realmente le devolverá esperanza a nuestra vida.




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¿Es la autoexigencia un inhibidor de nuestra intuición?, ¿cómo la autoexigencia y la incapacidad para experimentar plenitud podrían estar relacionadas?, ¿cómo canalizar nuestra autoexigencia personal de forma funcional?


Referencias Bibliográficas

  1. Ruiz, A. (2017). Curso II, Huella de Abandono. Instituto de Semiología, S.Chttps://semiologia.net/curso-ii-huella-de-abandono/

  2. Ruiz, A. (2017). Curso VII, Proyecto de Vida. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-vii-proyecto-de-vida/

  3. Ruiz, A. (2017). Curso VIII, Semiología de la Muerte. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-viii-semiologia-de-la-muerte/

  4. Grosz, S. (2014). The examined life. W.W.Norton&Company: New York.

  5. Byung Chul Han. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

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